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  • Javier Romano

El viaje de Oleg Rodunov o la evolución del Juego de Reyes

"Visitó el Paraíso y el Infierno, y fue más allá de éstos para encontrarse con su Señor,

que habló noventa mil palabras con él. Regresó antes de que su cama se enfriara,

y antes de que una hoja que había tocado al pasar dejara de temblar."


"El secreto de los secretos". Abd al-Qadir al-Jilani



El vigésimo tercer Campeonato de ajedrez de la entonces llamada Unión Soviética se celebró en Leningrado, (hoy conocida como San Petersburgo) en enero y febrero de 1956. El ímpetu de Rodunov (gran maestro desde 1952) se trasladó al partido de desempate. Éste se vio empañado por la enfermedad de Kozlovsky, que le impidió jugar su segunda partida con Mirin.

Después de cuatro horas de juego, el desenlace podía empezar a vislumbrarse. Alexey Mirin era uno de los favoritos, pero de alguna manera el azar - ¿o era la lógica? - no estaba ayudándolo esta vez. El aire se resentía del denso humo de cigarrillo. Oleg nunca había sido un fumador y a pesar suyo prefería soportar el humo que tener que importunar a otros pidiendo que no se fumara en la sala o, peor aún, que se abriera una ventana, mientras en el hemisferio norte se abatía la peor onda de frio del siglo. La sala estaba colmada de un público ávido y entusiasta, de distintas edades, pero para él no había otra cosa que el familiar tablero y su hábil oponente. No le era difícil abstraerse, excluir todo aquello que no fuera el juego. Las características piezas de madera tallada del Botvinnik-Flohr (su set favorito) eran su callado mundo, como tantas otras veces, muchas de ellas asociadas al oprobio de la derrota, territorio de soledad y de batalla raramente del todo consumada.

Disfrutaba con la sensación del roce de la felpa al deslizar una pieza en el tablero, especialmente el peón en su clásica defensa siciliana, como pasos lentos en una tarde de otoño sobre un acolchado de hojas secas. Pensó por un momento en su casa de campo cerca del lago Ladoga, en las afueras de Leningrado, y en las distendidas caminatas por el bosque. Había preferido evitar la penetrante mirada de Alexey, a quien tenía un gran respeto por su sólido juego. Sabía que la fuerza del pensamiento podía influenciar las decisiones de otro jugador y se tenía a buen resguardo de ese influjo. Estaba cansado, pero lo sostenía la infalible convicción de estar haciendo las jugadas correctas. La defensa de Mirin había sido consistente pero también padecía netas vulnerabilidades. Secretamente, esto lo animaba. Aferró con tres dedos un peón blanco adelantado, dudando por un instante si era el movimiento justo, pero algo parecía haber ya decidido a pesar suyo. Al desplazarlo dejaría su dama descubierta, ofrecida en sacrificio, pero había calculado que, siguiendo esa estrategia, tendría jaque mate en cinco jugadas.

Levantó el peón tímidamente, aún titubeando; sintió los ojos de Mirin apuntándolo, como los caños huecos de un revólver, con esa fuerte sensación que se tiene cuando - se cree - el otro está por cometer un grave error. No le afectó ese solapado menosprecio, su confianza se fundaba en un intuitivo presagio -sustentado por riguroso cálculo- de lo que vendría más tarde. Una gota nimia de sudor surcó su frente y estalló sin pretensión en el tablero, delante del erguido rey, haciendo resonar en su memoria acordes de una lejana sinfonía. (ya en la casa natal de Ucrania su madre acariciaba las teclas de otra armonía blanquinegra).


Instantáneamente se observó a sí mismo, como en un espejo antiguo y herrumbrado, endosando el turbante y la túnica de brocado y seda del Shah Safávida, Abbas I de Persia, de pie delante de uno de los altos ventanales del palacio, en la hermosa ciudad - ahora capital - de Isfahán, en los albores del siglo diecisiete, mirando hacia afuera, con una mano apoyada en el alféizar interno. Notó que algo minúsculo había rozado el dorso de su mano extendida sobre la madera lustrada. Atinó a mirar, sorprendido, y vio que no se trataba del roce de un insecto sino de una minúscula gota. No llovía y la ventana estaba cerrada. Miró igualmente hacia arriba, en mecánico reflejo, como esperando identificar allí la causa. Acercando la mano hacia los ojos, diluyó sobre la piel el líquido y probó incluso su sabor. La jovial algarabía de sus hijos jugando en el jardín lo distrajeron. Pronto olvidó el posible origen de esa gota, como si esto nunca hubiese sucedido. Era primavera y los jardines rebozaban de belleza y esplendor, más de lo que uno podría imaginarse. Los jardineros reales se ocupaban constantemente de cuidarlos, quitaban las plantas marchitadas, sembraban nuevos y prometedores bulbos de exóticas especies, regaban y mantenían el entorno del palacio. Los niños jugaban felices entre los pasillos de los canteros, a veces arrancando flores y apilándolas en montoncitos o hileras multicolor. Recordó su propia infancia en Herat, cuando se perdía gustosamente en el laberíntico jardín de sus ancestros, en un palacio tan bello como el suyo. Agradeció a Allah por tan espléndido destino y los deleites que éste le había deparado: una esposa devota y una pródiga descendencia; uno de ellos habría de heredar el trono un día (aunque esto nunca llegara a realizarse). Esa tarde, como todos los jueves a la misma hora - un ritual que el Shah esperaba ansiosamente - jugaría una partida de Chatranj (ajedrez) con su gran visir, Khalifeh Soltan, quien también se deleitaba con este juego y a menudo prefería perder que irritar a su señor. Esta argucia no era totalmente del agrado de Abbas y le parecía de algún modo despreciable, pero secretamente disfrutaba y fingía no darse cuenta. La satisfacción de dar jaque mate (en su idioma, el persa, shāh māt significa ‘el rey está muerto’)era algo sublime y digno de un elevado gobernante como él. Recordó que había sido su padre quien le enseñara a jugar tan culto juego mientras simultáneamente lo iniciaba en la maestría de la estrategia bélica, habilidad requerida de un sabio líder. Pocas veces había podido ganarle una partida. La dificultad de enfrentarse y echar de su dominio a los uzbekos durante diez largos años -aunque ese año triunfaría- era acaso el reflejo de esa temprana ineptitud de dominar el arte imprescindible. Quizá por eso simulaba no ver la inocente comedia desplegada por Yahya (como familiarmente le llamaba).

Se sentaron a jugar. Acomodaron las piezas en silencio, cada una en su establecida posición. Las blancas en los casilleros oscuros de madera de rosa, las negras en aquellos de suntuosa madreperla. El jugaría con blancas. Entre sorbo y sorbo de un exquisito té aromático, la partida comenzó. Abbas no podía concentrarse esta vez, una extraña melancolía lo hacía ausentarse del profundo pasatiempo. Movía las piezas con desatención; notó que Yahya cada tanto lo observaba con tímido respeto, quizá no comprendiendo su ánimo esa tarde, pero sin atreverse a decir algo que perturbara el sagrado ritual de la contienda.

‘Paciente Yahya, buen consejero y fiel amigo’, dijo interrumpiendo el juego de repente, ‘tú eres un hábil orador y bien versado en las ciencias y las tradiciones proféticas, cuéntame una encantadora historia que me restituya el deseo de continuar esta partida, una que me recuerde a nuestros antiguos y venerados sabios.’

Sorprendido, pero siempre bien dispuesto hacia el Shah, Yahya se puso a pensar y poco después inició la siguiente narración:

“Había una vez un sacerdote muy sabio e influyente en Bagdad que tenía muchos seguidores. Este hombre tenía un vasto conocimiento no sólo de las tradiciones judaicas y cristianas sino también del islam; conocía el islam y el Sagrado Corán y sentía un gran amor y aprecio por el Profeta Muhammad (la paz sea con él). El califa respetaba al sacerdote y esperaba que él y sus seguidores se hicieran musulmanes algún día. De hecho, estaba dispuesto a aceptar la religión, excepto por una cosa. Lo que le impedía, lo que no podía aceptar ni comprender, era la Ascensión física del Profeta Muhammad (la paz sea con él) a los cielos durante su vida.

La Ascensión tuvo lugar cuando una noche, el Profeta (la paz sea con él) fue llevado en cuerpo y alma desde Medina a Jerusalén y desde allí a los siete cielos, donde vio muchas cosas...

La mente del sacerdote no podía aceptar la Ascensión del Profeta (la paz sea con él) y su regreso para contarlo. De hecho, cuando el propio Profeta (la paz sea con él) lo declaró al día siguiente de que sucediera, muchos musulmanes no creyeron y abandonaron su religión. Esto es, pues, una prueba de la verdadera fe, ya que la mente no puede concebir algo así.

El califa le presentó a todos los sabios y maestros de su tiempo para eliminar sus dudas, pero ninguno de ellos tuvo éxito. Entonces, una noche envió un mensaje a Hadrat Abd al-Qadir, el sheikh Sufí, preguntándole si podía convencer al sacerdote de la verdad de la Ascensión.

Cuando Hadrat Abd al-Qadir llegó al palacio, encontró al sacerdote y al califa jugando al ajedrez. Cuando el sacerdote levantó una pieza de ajedrez para moverla, sus ojos se encontraron con los del sheykh. El sacerdote parpadeó... y al abrirlos de nuevo, ¡se encontró ahogándose en un río de rápido caudal!

Gritaba pidiendo ayuda cuando un joven pastor se lanzó al agua para salvarlo. Cuando el pastor lo aferró, ¡se dio cuenta de que estaba desnudo y que se había transformado en una joven!

El pastor la sacó del agua y le preguntó de quién era hija y dónde vivía. Cuando el sacerdote mencionó Bagdad, el pastor le dijo que estaban a varios meses de viaje de esa ciudad. El pastor la honró, la mantuvo y la protegió, pero finalmente, como no tenía a dónde ir, se casó con ella. Tuvieron tres hijos, y éstos crecieron.

Un día, mientras lavaba la ropa en el mismo río donde había aparecido muchos años antes, resbaló y se cayó. Al abrir los ojos... se encontró sentado frente al califa, sosteniendo la pieza de ajedrez y mirando todavía a los ojos de Hadrat Abd al-Qadir, que le dijo:

‘Ahora, venerable sacerdote, ¿todavía no crees?’”. [1]

Embelesado por la magia del relato apenas escuchado, Shah Abbas recuperó el brillo de sus ojos y esbozó una sonrisa complaciente. Avanzó, esta vez, un caballo, quizá simbolizando su entusiasmo apenas recobrado. Pocas movidas después volvió a desatender el juego al escuchar las risas infantiles provenientes del jardín; imaginó el destino de sus hijos, sus futuras familias, sus posibles vocaciones. Quizá jugarían ajedrez. Siguiendo el ejemplo de su padre, también los instruiría de pequeños. Movió una torre. Yahya capturó un desapercibido alfil suyo. Después de un largo rato el Shah pudo vislumbrar en su mente una brillante estrategia sacrificando antes su preciosa reina. Al mismo tiempo se aseguraría de que no le sería regalada la partida, simplemente haciendo algo inusitado. Tres jugadas después ese ideal momento emergió. Tomó un peón con tres dedos y lo alzó, descubriendo la reina al ataque de un alfil. Yahya inmediatamente lo advirtió y pareció sorprenderse de la intrépida jugada. El Shah sintió, horadándolo, la fuerte mirada del visir, como si éste hubiese inferido que el rey no había calculado cabalmente tal acción. Dudó por un instante, aún con la pieza suspendida en el aire. Recordó las primeras lecciones que le diera su padre: el enroque, la estructura de los peones, el ataque por los flancos. Evocó también el afecto paterno. Reconoció que le hubiera gustado volver a verle aquí y ahora, aunque fuera un solo instante. Una lágrima furtiva escapó de su ojo y fue a parar sobre el tablero, delante mismo de su rey.


Instintivamente apuró el dedo índice para secar la gota y al hacerlo notó que su rey ya no era blanco sino verde y la ubicación de las piezas no le era familiar; ya no había dos hileras de ocho o el fragor de la batalla clarioscura. Aunque las piezas parecían conservar los mismos rasgos, estaban ahora dispuestas de otro modo en cada uno de los cuatro ángulos de un tablero de doce por doce casilleros. Quizás se hallaba jugando lo que los antiguos habitantes de la India llamaban Chaturanga, un ajedrez de cuatro jugadores, o al menos esta sería una variante de aquel arcaico pasatiempo. Se maravilló de no sentir temor de haberse visto implicado en ese reto. Reinaba un solemne silencio y la partida, al parecer, estaba ya bien avanzada; pocas piezas en pie, cuatro colores mezclados de manera incomprensible, blanco, rojo, negro, verde, fundidos y entrelazados, sin lógica aparente. Un numeroso público rodeaba la mesa y el tablero con sus cuatro jugadores, observando la partida atentamente. Cada uno de ellos exhibía sobre el pecho una tarjeta con su nombre y apellido. Atinó a mirar si él también poseía esa identificación confirmando quién era. Leyó: Ildefonso Sigüenza – España – 2017. Felizmente, nadie pareció percatarse de su gesto. Lo que parecía hallarse fuera de contexto se ubicó de repente en su lugar.

Debió recordarse su propósito: se hallaba en vacaciones, como todos los años en agosto, con su familia y un grupo de amigos, compañeros de camino. Un sofocante y bochornoso calor parecía haberse apoderado de cada soplo de aire fresco en aquel oasis meridional, aún si estaban amparados bajo una pérgola que les protegía del sol, en algún lugar de la península Ibérica, en la remota y mítica Al-Ándalus.

Llegó su turno de mover. No había prestado completa atención a varios movimientos realizados. Tuvo que recomponer rápidamente el mapa del tablero para comprender qué había pasado mientras su mente vagaba en un soñar despierto. ‘Quizá tendré que pagar por mi desatención’, reflexionó. Aún así, como un águila que sobrevuela a su presa desde lo alto y finalmente se lanza en picada certera, le fue dado ver en una imagen completa el panorama esencial del cuadriculado territorio. Percibió las posiciones de las piezas, como preñadas de implícita intención, sintió los flancos débiles de cada ejército al acecho, creyó intuir los futuros movimientos. Estas impresiones se revelaron al unísono y con prístina desnudez. Sus sentidos internos parecieron agudizarse, su sensación del tiempo se dilató y el silencio se hizo aún más significativo y profundo. Estaba en jaque. Al instintivo temor de verse prematuramente derrotado le sucedió un coraje de fiero contraataque. Escondida delante de los ojos, aguardaba la sutil maniobra. Valiéndose de la conveniente diagonal que un ajeno alfil blanco dominaba, (posibilidad inconcebible en el ajedrez tradicional) Ildefonso desplazó su reina a lo largo del tablero hasta casi tocar al rey rojo, dando un jaque mate (estando en jaque) irrefutable. Con las nuevas piezas conquistadas no le fue arduo acabar con los últimos recursos de los jugadores aún en pie. Así obtuvo el primer premio, un voluminoso trofeo escultura de bronce patinado, encarnando a un peón que se transforma en reina. Al escuchar los aplausos y las vivas y sentir las miradas convergiendo en él, Ildefonso Sigüenza no pudo evitar emocionarse. Una jubilosa lágrima fue a estallar sobre el rey verde victorioso.


Oleg Rodunov apoyó finalmente su peón. Alexey, no advirtiendo la celada, se apresuró a capturar la vulnerable reina. Cinco jugadas después, como previsto, Rodunov dio jaque mate a Mirin, consagrándose campeón. Pero ya en su mente había comenzado a germinar la semilla del secreto inefable, la posibilidad de estar viviendo más de una vida en reinos paralelos y la eternidad del momento siempre presente.

La vaga, pero indeleble memoria - ¿o había sido presciencia? - de una preconizada e infalible evolución del juego de reyes restó valor -en su mente- al mérito apenas alcanzado.

Después de esta victoria, Oleg Rodunov se retiró, abandonando para siempre su carrera de ajedrecista.

Un hilo común - quizá una gota del vasto e inmensurable océano del Ser - hilvanaba sutilmente la trama de las memorias de estos tres hombres, todos ellos hojas del mismo árbol de la Vida.




ooo





J. Romano

07.06.2021





[1] "El secreto de los secretos". Hadrat Abd al-Qadir al-Jilani (Introducción a la versión en inglés)