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El espíritu de autosuperación

  • Foto del escritor: Javier Romano
    Javier Romano
  • 2 may
  • 6 Min. de lectura

Actualizado: 4 may

La excelencia en el deporte y más allá



¿Dónde se origina el llamado espíritu de superación? ¿Responde acaso a una tendencia más profunda, de carácter evolutivo, que impulsa al ser humano a desplegar sus capacidades y a superar sus propios límites?


La naturaleza tiende al equilibrio y a la armonía entre sus partes. No parece haber un lugar al que ir: cualquier punto es, a la vez, centro y periferia. Y, sin embargo, todo parece orientado hacia un movimiento de perfeccionamiento, como si existiera una escala de refinamiento en la cualidad esencial de cada ser.


Los seres habitan distintos niveles. Dentro de cada especie hay diferencias de grado, de desarrollo, de intensidad. Cada pequeño cosmos es, en cierto sentido, completo en sí mismo; y aun así, todo aspira a elevarse hacia un estado más alto, como si una fuerza interior impulsara a cada ser a transformarse, a morir y renacer continuamente, elevando su condición.


Este movimiento no es conflictivo. Todo procede del Creador y tiende a retornar a Él. El universo entero puede entenderse como un despliegue que contiene, inscrito en sí mismo, el impulso de regreso a su Origen.


Ese retorno es inevitable. Incluso aquello que se descompone o se degrada acaba reintegrándose en un ciclo mayor. Todo, en última instancia, asciende, porque ascender es retornar.


Entonces, ¿hay en este proceso algo que podamos llamar «competición»?


Desde un punto de vista superficial podría parecerlo, como si existiera una especie de carrera hacia lo superior. Pero no en el sentido humano habitual. Más bien se trata de una intensificación del movimiento: algunos seres avanzan con mayor claridad, con mayor recuerdo de su origen, y ese avance actúa como estímulo para otros.


Podría decirse que cada partícula que participa —cualquiera sea el nivel que ocupa— vibra a una frecuencia distinta. Algunas lo hacen con mayor intensidad que otras, y esta vibración es, en cierto modo, contagiosa: se transmite a las partículas cercanas —e incluso a las más lejanas—, impulsándolas a incrementar su propia frecuencia. No hay aquí una competencia en sentido estricto, sino una resonancia que favorece el ascenso conjunto.


Lo que desde fuera podría interpretarse como rivalidad es, desde dentro, cooperación dinámica: una aceleración compartida.


En este sentido, la tradición islámica utiliza el término musābaqa, que puede traducirse como «carrera» o «rivalidad». Como señala Pablo Beneito en su comentario a Ibn ʿArabī (El secreto de los nombres de Dios), se trata de una forma de «competición espiritual» desprovista de cualquier rasgo de rivalidad egoica: no es oposición entre individuos, sino una tendencia común hacia la proximidad.


Ibn ʿArabī alude a este movimiento al analizar los atributos divinos al-Muqaddim (El que adelanta) y al-Muʾakhkhir (El que retrasa):


«Tienes necesidad de ambos —dichos atributos— para que Él te sitúe entre los adelantados que tienen precedencia, los allegados, y te guarde de quedar retrasado en este concurso por la prioridad (musābaqa) y en el acercamiento a Él.»


Esta formulación introduce un matiz esencial: el avance y el retraso forman parte de una misma dinámica. No hay oposición entre los seres, sino una ordenación de estados dentro de un proceso común de acercamiento.


En este contexto, resulta sugerente la existencia de representaciones simbólicas que intentan visualizar este proceso.



Diagrama de Shatranj al-ʿĀrifīn (Ajedrez de los Gnósticos), un tablero didáctico

atribuido a la tradición de Ibn ʿArabī, que representa cien etapas del camino espiritual.


En este tipo de representación, el recorrido no es lineal: algunas casillas permiten avanzar rápidamente, mientras que otras provocan retrocesos. El movimiento no depende únicamente de la intención del participante, sino de una combinación de condiciones que favorecen o dificultan su progreso.


No deja de ser significativo que esta representación adopte la forma de un tablero, evocando estructuras lúdicas o estratégicas cercanas al ajedrez —o a sus formas más antiguas, como el Chaturaji—, donde el desplazamiento, la relación entre posiciones y el momento adecuado desempeñan un papel esencial.


Visto desde esta perspectiva, la idea de «carrera» (musābaqa) adquiere un sentido distinto: no se trata de llegar antes que otros, sino de participar en un proceso en el que el avance de unos influye en el de otros, dentro de un mismo campo de condiciones.


Así, puede hablarse de un «espíritu de superación» solo si se entiende en este sentido profundo: no como enfrentamiento, sino como impulso de transformación de uno mismo, en el que los otros cumplen una función esencial como espejo, estímulo y medio.


Lo que se desarrolla no es la victoria sobre el otro, sino la transformación de la propia condición.


Aquí puede añadirse una observación que ilumina aún más este punto:


«La lucha humana por avanzar, triunfar y progresar es el síntoma de una necesidad interior y evolutiva, una necesidad casi ciega, que está destinada a expresarse tanto en el trabajo interno como en los esfuerzos convencionales realizados en la vida ordinaria. Ambos no son mutuamente excluyentes.» 

                                                                                                                Textos Sufíes. Preceptos


Esta formulación permite comprender que el impulso de superación no es, en su origen, ni superficial ni meramente social, sino una manifestación de una necesidad más profunda que busca expresarse tanto en el plano interior como en las formas externas de la acción humana.


De ahí que prácticas como el deporte —o, en otro plano, los mindsports— puedan entenderse como expresiones visibles de ese mismo impulso, incluso cuando su sentido más profundo no es plenamente consciente.


En este sentido, como señala Idries Shah en Los Sufíes:


«Con algo parecido a este espíritu se llevan a cabo todas las empresas de competición en el deporte, el montañismo o incluso la cultura física en otras sociedades. La montaña o el desarrollo muscular son las metas fijadas, pero no son el elemento que está siendo transformado por el esfuerzo. Son los medios, no el fin.»


Esta observación permite comprender que aquello que parece ser el objetivo —la victoria, la meta, el logro exterior— no es sino un soporte. Lo que realmente se transforma es el propio ser humano.


En este punto, podría sugerirse que aquello que comúnmente entendemos como competición pertenece, en parte, a una etapa anterior en la expresión de este impulso; una fase en la que la energía de la superación aún se proyecta hacia el exterior.


«Los antiguos patrones vibracionales de la competición son ahora como miembros inútiles en el cuerpo humano. Deben ser descartados para permitir que emerja un nuevo crecimiento. Las dinámicas de la competición permitieron una concentración de energías que favoreció cierta etapa del desarrollo social humano, pero ya han superado su utilidad.»

Kaleb Seth Perl. Una nueva resonancia.


En este sentido, no se trata únicamente de una interpretación simbólica. Existen formas tradicionales de juego que han encarnado explícitamente esta idea. Como muestran los tableros estudiados por Andrew Topsfield, el recorrido del jugador se plantea como un ascenso progresivo desde estados inferiores —asociados a vicios o limitaciones— hacia estados superiores de realización, con una meta última claramente definida.¹



Tablero sufí de gyān caupar (siglo XIX), en el que el jugador progresa desde estados inferiores

hacia una meta espiritual mediante avances y retrocesos (escaleras y serpientes).


Como muestran estos ejemplos, el progreso no es estable: elevaciones repentinas pueden alternarse con caídas bruscas, especialmente en las etapas más avanzadas, donde ciertos estados —como el orgullo— pueden provocar retrocesos desproporcionados.


En este contexto, actividades como el juego, el arte o el deporte pueden entenderse como espacios donde este impulso se hace visible. No son fines en sí mismos, sino medios que permiten activar facultades, revelar limitaciones y favorecer ese movimiento de retorno.


En este sentido, Quaternity puede vivirse como uno de esos espacios donde este proceso se manifiesta. Más allá de su forma como juego —mindsport, para ser precisos—, ofrece un campo en el que la interacción entre los participantes activa ese mismo espíritu de superación: el otro no es un adversario, sino un elemento necesario para el propio desarrollo.


Desde esta perspectiva, lo que a veces se interpreta como competición no es sino una forma exterior de un proceso más profundo: la expresión —a menudo inconsciente— de una tendencia evolutiva que impulsa al ser humano a superar sus propios límites y a avanzar, junto con los demás, en el camino de retorno hacia su origen.

 



 

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¹ Andrew Topsfield, A Note on Sufi Snakes and LaddersJournal of the Royal Asiatic Society, 2022.














 
 
 

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